Mi hermana gemela era golpeada a diario por su marido abusivo. Mi hermana y yo intercambiamos identidades y hicimos que su marido se arrepintiera de sus acciones
Me llamo Nayeli Cárdenas. El nombre de mi hermana gemela es Lidia. Nacimos idénticos, pero la vida insistía en tratarnos como si estuviéramos hechos para mundos opuestos.
Durante diez años viví encerrado en el Hospital Psiquiátrico San Gabriel, en las afueras de Toluca. Lidia pasó esos mismos diez años intentando aferrarse a una vida que se desmoronaba en sus manos.
Los médicos dijeron que tenía un trastorno de control de impulsos. Usaron palabras largas: inestable, impredecible, volátil. Prefería una verdad más sencilla: siempre sentía todo con demasiada intensidad. La alegría ardía en mi pecho. La rabia nublaba mi visión. El miedo hacía temblar mis manos como si otra persona viviera dentro de mí—una persona más feroz, más rápida, menos dispuesta a tolerar la crueldad del mundo.
Fue esa furia la que me trajo hasta aquí.
Cuando tenía dieciséis años, vi a un chico arrastrar a Lidia por el pelo a un callejón detrás del instituto. Lo siguiente que recuerdo es el sonido agudo de una silla rompiéndose contra un brazo, sus gritos y las caras horrorizadas de la gente. Nadie miró lo que hacía. Todos me miraron. El monstruo, decían. El loco. El peligroso.